La Sombra sobre Tethlis

El relato de Baasa a los aventureros

No todo es siempre lo que parece y, en muchas ocasiones, los justos pagan por pecadores. La historia que concierne al Emperador Asdrúbal y a su hijo Dante o, por lo menos la que los habitantes de Tethlis conocen, no es precisamente del todo cierta.

Dante no fue el único hijo que tuvo Asdrúbal. Su mujer, Astaryel, dio a luz a dos niños gemelos, a los que llamaron Dante y Aristarco.

La relación entre Asdrúbal y Astaryel fue viniéndose abajo y decidieron separarse pocos días después de nacer los gemelos. Astaryel se quedó en Dortos cuidando de Dante, mientras que el Emperador y Aristarco partieron hacia Anhem para forjar allí su Palacio y la Ciudad Imperial de Tethlis.

Aristarco fue el único de los dos hijos que fue criado en secreto, fuera de la vista de todo Tethlis, a lo alto del Palacio de Anhem, cuyo acceso estaba prohibido a todo el mundo salvo al Emperador y a mí. La vida de Aristarco fue la de un hijo encerrado durante veinte años en la última planta del Palacio Imperial, donde aprendería desde niño a manejar la espada bajo la tutela de su propio padre.

Una vez Asdrúbal lo consideró oportuno, vistió a su hijo Aristarco con las prendas habituales de los Cascos Rojos y lo presentó ante el resto del Palacio como su nuevo Consejero venido de las nobles tierras de Bratinia. Evidentemente, nadie supo que era su hijo, salvo yo, el ayudante personal que había estado cuidando de Aristarco hasta su madurez. Prometí guardar el secreto de Asdrúbal, pero aun así, el Emperador decidió encerrarme en los calabozos del Palacio Imperial, en una celda apartada del resto y con la boca amordazada. Cada noche, el Emperador bajaba a los calabozos para dejarme comida y bebida para todo un día.

Mientras tanto, en Dortos, Astaryel crió a Dante hasta convertirlo en un orgulloso joven, que recibió la educación de los mejores magos de las más prestigiosas escuelas de magia hasta convertirse en un honorable archimago. Los Dortos manifestaban su entusiasmo por las virtudes del único hijo conocido del Emperador.

Un día, Dante decidió partir a la Ciudad Imperial a visitar a su padre. Como era de esperar, fue aclamado y recibido por todas las gentes de Tethlis como un héroe. Una vez llegó al Palacio, preguntó por su padre y le dijeron que se encontraba en los calabozos. Dante accedió a ellos y, en silencio, se acercó a la última de las celdas donde escuchó a su padre conversar conmigo.
Asdrúbal decía algo parecido a: “Hiciste bien tu papel cuidando de Aristarco, pero no puedo permitir que salgas fuera de esta celda. El mundo no puede saber que tengo dos hijos. Aristarco debería ser el único. Él es ahora mi consejero y me ayudará a cumplir mis tareas. La primera de nuestras tareas, amigo Baasa, es la de acabar con la vida de Dante. Mientras tanto, come algo, que tú tampoco tardarás en caer.”

Una vez Asdrúbal se alejó de la celda, Dante se escondió detrás de uno de los muros, en la penumbra, para ver pasar a su padre, el mismo que acababa de jurar acabar con su vida. El Emperador ascendió por las escalinatas del calabozo y Dante se apresuró a hablar conmigo y me desató por unos momentos la mordaza. Yo le contó toda la historia, los verdaderos hechos. Una vez lo hice, Dante volvió a amordazarme para que nadie sospechase y, con cuidado, ascendió desde el calabozo procurando no toparse con su padre. Dante, dolido y triste por lo que acababa de escuchar, decidió subir de planta en planta en busca de su hermano. Los Cascos Azules y los Cascos Rojos, desconociendo lo que estaba ocurriendo, iban cediendo el paso al hijo del Emperador con total naturalidad y agradeciéndole su presencia en el Palacio.

Dante se preguntó cómo no le habían confundido con su hermano gemelo, hasta que al llegar a una de las salas entendió el motivo. Desde el fondo de la habitación, sentado en el suelo y con la espalda apoyada en el trono vacío del Emperador, una voz rasgada y susurrante se dirigió hacia él. “Padre no está aquí.” Aristarco se encontraba vestido con una armadura completa, una larga capa negra colgaba de sus hombreras y, su cara, se encontraba completamente tapada con una máscara gris. La presencia de Dante no había causado en Aristarco la más mínima impresión. Dante, por el contrario, no supo cómo reaccionar ante la presencia de su hermano. Por una parte quería arrebatarle la máscara; por otra, quería vengarse de él y de su padre. Entre tanta incertidumbre, Aristarco se levantó del suelo y se dirigió hacia Dante con un paso lento.

“Imagino que habrás hablado con Baasa y te habrá contado todo, y aunque así haya sucedido, nadie te va a creer. Tú eres el hijo del Emperador ante los ojos de la gente y el digno heredero al trono. Yo soy su mano derecha, su Consejero y cuento con todo su apoyo y el de toda la Guardia.”

En ese momento, Asdrúbal entró a la habitación y tragó saliva al ver a sus dos hijos juntos.

Aristarco continuó. “Para que lo entiendas… ¿Quieres ver lo fácil que es que te prohíban la entrada al Palacio y a la Ciudad Imperial?”

Sin esperar la respuesta de Dante, Aristarco se acercó a Asdrúbal, desenvainó su espada y en tan solo un segundo le rasgó un hombro a su propio padre. Acto seguido, Aristarco exigió mediante un grito la inmediata presencia de los Cascos Rojos. “¡El hijo del Emperador ha intentado asesinar a su padre!” exclamaba Aristarco. “¡Le quiero fuera de Anhem!”.

Dante, que fue recibido como un héroe a su llegada, salió de la Ciudad Imperial abucheado. Los ciudadanos de Anhem le lanzaban piedras y los Cascos Rojos le fueron empujando hacia la salida. Los enormes portones de la Ciudad Imperial se cerraron ante el demacrado rostro de Dante.

Desesperado, el Archimago Dante solicitó la ayuda de Dortos para tratar de rescatarme de los calabozos del Palacio. Dante nunca llegó a solicitar la ayuda de los bárbaros, esa fue la explicación que dieron Asdrúbal y Aristarco a sus gentes cuando vieron cómo una masa de Dortos trataba de penetrar las murallas de Anhem. Dante se escondió donde nadie pudo verle y esperó a que un compañero Dorto le trajera el cuerpo inerte de un Casco Rojo. Dante se vistió con la armadura de la Guardia de Anhem, cubrió bien su rostro con el yelmo y corrió hacia la refriega, penetrando las murallas hasta llegar al mismísimo Palacio. Una vez allí, dio la voz de alarma: “¡Compañeros, Dante ha llegado con sus gentes, salid todos a expulsar al bastardo!”. Una vez los Cascos Rojos y Azules desaparecieron de la vista de Dante, éste descendió a los calabozos, para encontrarse con el encargado de las llaves de las celdas, al que durmió con uno de sus hechizos. Poco después, me liberó y me vestí con el uniforme del Guardia que seguía dormido bajo los efectos del hechizo de Dante.

Horas después, Dante y yo sorteamos la pequeña refriega que iba dejando a Dortos y a Cascos Rojos y Azules mordiendo el polvo, hasta alejarnos varios kilómetros de Anhem, donde nos esperarían varios carruajes para traernos a Dante, a mí y a los Dortos supervivientes de vuelta.

Lo que vino después fueron las alianzas que Asdrúbal fue consultando, creemos, con Aristarco. La idea que Dante trajo de vuelta a Dortos fue la de que Aristarco es un hombre frío y manipulador. Dante está convencido de que la mayoría de las decisiones políticas que hace públicas Asdrúbal, están envenenadas con las ideas del retorcido hijo que tiene como consejero. Tanto es así que no pasó un solo día hasta que se hizo pública en todo Tethlis la noticia de que Dante, el hijo del Emperador, no solo había intentado asesinar a su propio padre, sino que además había liberado a uno de los presos del calabozo para seguir tramando sus oscuros planes.

Si Dante ya se había ganado los enemigos de la Ciudad Imperial, ahora se había ganado la enemistad de la práctica totalidad de Tethlis. Entonces Asdrúbal creó la “Alianza Imperial”, con el fin de derrotar a Dante y a los invasores Dortos y bárbaros. Los bárbaros de Moresia, no teniendo nada que ver con el asunto, decidieron invadir Anhem y Dortos por igual. La Ciudad Imperial les detuvo los pies con facilidad mientras que los Dortos tratamos de explicarles la situación que estaba ocurriendo. Dada la naturaleza de los bárbaros, las intrigas políticas no solo no eran de su incumbencia sino que les habían hecho ganar enemigos a raíz de la noticia publicada por Asdrúbal.

Ni Dante, ni Astaryel, ni los Dortos, ni yo pudimos hacer entrar en razón a los bárbaros, así que la guerra estalló entre Moresia y Dortos. Pasados dos años, y viendo que la guerra en la que los bárbaros se habían metido no acababa nunca, los Moresios asesinaron a Astaryel delante de los ojos de su propio hijo, Dante. No tardaron en hacer llegar a la Ciudad Imperial el mensaje de que Dante había asesinado a su madre, y el caos estalló de nuevo.

Dante pasó a ser ahora el enemigo de todo Tethlis, salvo de los Dortos y aquellos que entraron en razón.

Desde entonces, Asdrúbal mandó construir una campana a lo alto de una de las torres del Palacio Imperial. Dicha campana tañería una vez cada día para recordar a los ciudadanos que Dante sigue con vida. El día que la campana deje de tañer será el día más triste de la historia de Tethlis, y la gran mayoría de sus ciudadanos no podrán comprender jamás la injusticia que Asdrúbal y Aristarco imponen, engañando a los ciudadanos desprovistos de la verdad.

Poco tiempo después de la construcción de la campana, Asdrúbal comunicó oficialmente que el sucesor al trono pasaba a ser Aristarco, su leal consejero. La Ciudad Imperial aplaudió la decisión de Asdrúbal y pidieron, por favor, que el Consejero se retirase la máscara gris para poder ver su rostro y reconocerle. Obviamente, dicha situación crearía un problema. Si Aristarco retiraba su máscara el pueblo comprobaría su gran parecido con Dante, así que Asdrúbal pospuso la propuesta hasta el día siguiente. Esa misma noche, sabiendo que la gente le iba a seguir pidiendo que se retirase la máscara, Aristarco asió un puñal y comenzó a rajar y a desfigurar su cara. Al menos, eso es lo que se cree, pues al día siguiente, al retirar su máscara ante las multitudes, lo que los ciudadanos pudieron ver era un rostro endemoniado. Los ciudadanos, la Guardia y el mismo Asdrúbal se quedaron en silencio durante varios minutos, observando el aspecto inhumano del heredero al trono. Poco después, Anhem estalló en aplausos, a pesar de la impresión que le había causado el rostro del Consejero. Acto seguido, Aristarco se puso la máscara, dio la espalda al pueblo y volvió a entrar en el Palacio.

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Atropos

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